Érase una vez, bajo las arenas doradas de Alejandría, una ciudad envuelta en cálidos recuerdos, se erigía una estructura extraordinaria que se negaba a doblegar ante los estragos del tiempo y las huellas del más allá. No era una construcción ordinaria, pues se alzaba alta y orgullosa, prevaleciendo contra la desolación circundante como un faro radiante que perfora el velo del ayer. No era otro que la Columna de Pompeyo, una columna triunfal romana dedicada al benévolo emperador Diocleciano.
Conocida como uno de los monumentos más grandes jamás creados, se mantiene imponente todavía hoy, con 27 metros de altura desde las arenas; su fuste de granito está salpicado de toques rosáceos y el capitel en su cima es de un gris frío que refleja la vibrante luz del sol. La piedra, un regalo precioso de la lejana tierra de Asuán, añade un toque de encanto extranjero a este tributo eterno.
La columna, no nacida de las arenas de Alejandría, porta consigo la esencia de otra tierra perdida hace mucho tiempo. Y así permanece, como un recordatorio de un reino olvidado, devorado por las arenas del tiempo.
Erigida en honor a Diocleciano entre los años 297 y 303 d. C, cuando el emperador estuvo en Egipto sofocando las voces de la revuelta, sobre el fuste imponente se alzaba antaño una estatua, un resplandeciente emblema de gloria y poder. Pero las manos del tiempo han reclamado este tesoro, dejando solo la base, de 6 metros de altura y el doble de diámetro, para dar testimonio del pasado.
Sobre esta base, permanece una milagrosa inscripción griega, sus palabras selladas para siempre en la piedra, sirviendo como testimonio de Publius, el Praefectus Aegypti, un espectador silencioso de la historia.
Fuentes: Wikipedia, OpenStreetMap, Wikidata, Wikimedia Commons
Escrito por Mutabor
Coméntalo con el autor y con otros lectores
Aún no hay comentarios. Sé el primero en iniciar la conversación.