Escondida bajo la ciudad se encuentra la segunda pista de carreras de carros más grande de Roma, después del propio Circo Máximo: el Circo de Majencio. Construido por el emperador Majencio hacia los años 306-312 d.C, esta maravilla arquitectónica fue un tributo a los juegos inaugurales de su hijo. Con un toque de audacia, Majencio integró la cercana tumba de Crecilia Metela en su diseño arquitectónico. Tras la misteriosa desaparición de Majencio en el año 312 d.C, la pista permaneció inalterada, convirtiéndola en una cápsula del tiempo que podemos explorar hoy.
La pista, revestida con opus vittatum, se extiende unos impresionantes 503 metros, testimonio de la grandeza de la ingeniería romana. Las puertas de salida para los carros estaban albergadas en dos estructuras que aún hoy se yerguen imponentes. Los muros exteriores fueron diseñados para acomodar las curvas y giros de los carros, mientras que la spina, con una impresionante longitud de 1000 pies romanos, divide la pista. El Obelisco de Domicio, trasladado desde el Isaeo como muestra de respeto por el hijo de Majencio, fue en su día la pieza central de la spina, aunque hoy se encuentra en pedazos.
Hoy, todo lo que queda de la gloria pasada del complejo es la ábside de la sala de audiencia basilical, una reliquia solitaria visible a través del denso follaje que cubre el resto de la Villa de Majencio. Las excavaciones arqueológicas sugieren que las pistas ya estaban cubiertas de arena en la antigüedad, permitiendo que la naturaleza reclamara el complejo.
Fuentes: Wikipedia, OpenStreetMap, Wikidata, Wikimedia Commons
Escrito por Nicolo Ciampini
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