Las ruinas del castillo de Oreja, enclavado en el campo toledano, son un testimonio de una época en la que se libraba la batalla por España. Fundado en el siglo X como parte de las fortificaciones de la Marca Media, fue una posición estratégica para los musulmanes en sus esfuerzos por resistir el avance de los cristianos.
A principios del siglo XII, la zona fue tomada por los almorávides, quienes utilizaron Oreja como base para hostigar a Toledo, según las fuentes. No obstante, la relación entre Oreja y Toledo fue más compleja que un simple acoso. Tras casi dos siglos de control musulmán, Alfonso VII conquistó con éxito Oreja en 1139.
El castillo recibió entonces un fuero por parte de Alfonso VII, marcando el inicio de su nueva vida como baluarte cristiano. Más tarde, fue reforzado por la Orden de Santiago, que donó el castillo en 1182.
A lo largo de los siglos, el castillo de Oreja se convirtió en una de las principales fortalezas de la Orden de Santiago en la zona, destacando por sus avanzadas capacidades defensivas y su numerosa población. Aldeas dependientes, como Noblejas, Torrique y Villafranca, buscaban en el castillo protección y apoyo.
Sin embargo, para el siglo XV, Oreja había perdido parte de su importancia, mientras que Colmenar de Oreja y Ocaña ganaban protagonismo. El poblado junto al castillo, que es el origen de la población mencionada, contaba con unos 200 habitantes, pero el pueblo acabó siendo abandonado y el castillo quedó en ruinas.
Fuentes: Wikipedia, OpenStreetMap, Wikidata, Wikimedia Commons
Escrito por Nik Frost
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